La selva central fue asiento tradicional de los grupos étnicos yánesha (amuesha) y asháninca (campa). Durante la invasión española, en el siglo XVI, la zona se mantuvo alejada de los acontecimientos que provocaron la caída del Imperio de los Incas y, en un hecho difícil de comprender, esta región, siendo el espacio selvático más próximo la capital del Virreinato, escapó al interés de los conquistadores. Es probable que la “leyenda de El Dorado” o del “País de la Canela” empujó a los españoles a explorar otras zonas de la selva; eso lo demostrarían las fundaciones, en la selva norte, de Jaén de Bracamoros (1536) y Santiago de los Ocho Valles de Moyobamba (1540), y, en el sur, de San Juan del Oro (entre 1540 y 1553). De otro lado, testimonios históricos nos revelan que fueron muy escasos los contactos entre las poblaciones amazónicas y andinas en el centro del país durante los tiempos prehispánicos; en todo caso, el comercio o los intercambios fueron muy esporádicos.
El verdadero interés por la selva central surgió a mediados del siglo XVII cuando se descubrieron las minas de plata de la vecina zona de Cerro de Pasco, que influyó en la orientación de la producción de esta región de la montaña. Recordemos, además, que a lo largo de los siglos XVII y XVIII, las minas de Pasco competían con las de Oruro el segundo lugar de la producción de plata luego de las de Potosí. Este auge minero de la sierra central, una zona tradicionalmente poco habitada, atrajo un fuerte flujo de población. Cerro de Pasco dependía de la jurisdicción de Huánuco, cuyos vecinos notables vieron en la selva central una oportunidad de negocio para abastecer al mercado minero. Fernando Tello Sotomayor, por ejemplo, vecino de Huánuco, tenía un obraje (o taller de manufacturas) en el pueblo de Paucartambo, ubicado en la cabecera del río del mismo nombre y que comunicaba Pasco con el famoso Cerro de la Sal, en Quimiri. No por casualidad, por ultimo, los primeros misioneros que exploraron la selva central salieron del convento franciscano de Huánuco.
Sin duda, fueron los frailes y clérigos los que exploraron la selva llevando la evangelización, la Biblia y la Cruz, los forjadores de la integración de la amazonía al territorio del Virreinato, primero, y la República peruana, después. Fueron ellos, también, los que escribieron la historia, describieron la geografía y estudiaron las lenguas y las costumbres de los pueblos amazónicos. Los testimonios dan cuenta de más de 140 pueblos fundados por ellos y unas 170 crónicas, con descripciones e informes de valor incalculable. Hoy, centenares de miles de aborígenes que hablan español, profesan la religión católica y votan en las elecciones lo hacen gracias a esta larga historia que se remonta al siglo XVII.








